Tengo ansiedad: ¿Qué me pasa y qué puedo hacer al respecto?

La mayoría de las personas piensan en la ansiedad como un estado negativo y desagradable de nerviosismo e inquietud que se da ante la incertidumbre de lo que va a pasar: a la espera de comenzar un examen, antes de una entrevista de trabajo, o incluso subiendo las escaleras de un avión. Sin embargo, puede resultar sorprendente el hecho de que la ansiedad, si bien desagradable, es natural como la vida misma. Se trata de un mecanismo de supervivencia que, si ha llegado hasta nuestros días, es porque nos ha sido útil durante siglos de evolución. Por lo tanto, la ansiedad es una respuesta adaptativa. Así, se caracteriza por ser un estado de agitación o inquietud, que se manifiesta tanto de manera física (sudoración de las manos, aceleración del ritmo cardíaco, más ganas de ir al baño…) como mental (preocupación, inquietud…).

También es importante diferenciar la ansiedad del miedo, ya que aunque se tratan de respuestas similares, el miedo aparece ante estímulos o amenazas reales, mientras que la ansiedad responde a la anticipación de peligros venideros. Es decir, la clave de la ansiedad es que no es necesario que esté pasando nada amenazante en el momento presente, con que creamos que algo puede o va a suceder, nuestro cerebro hace el resto y reacciona ante ese estímulo sin que se haya presentado. Hay que matizar que tanto en el caso del miedo como el de la ansiedad se dan síntomas similares: pensamientos de peligro, aprensión, y las ya mencionadas reacciones físicas y respuestas motoras.

Existe otra característica de la ansiedad que es poco conocida por los no profesionales, y es la diferenciación entre ansiedad-rasgo y ansiedad-estado. La ansiedad-rasgo implica la ansiedad que uno “lleva de serie”, en su personalidad. Es la tendencia de un individuo a reaccionar de manera ansiosa, teniendo más probabilidades de interpretar una situación como peligrosa o amenazante. Al contrario, la ansiedad-estado se refiere a la ansiedad que una persona presenta en un momento dado. Así, podemos ser naturalmente ansiosos y sentir esta sensación fácilmente o tender a ser despreocupados pero encontrarnos ante una situación que nos produzca una ansiedad inusitada.

Pero lo que más puede interesarnos es: ¿Qué puedo hacer si tengo ansiedad? ¿Cómo puedo evitar la sensación de nerviosismo, el sudor de manos, esas palpitaciones precipitadas y el nudo en la garganta?

Evidentemente, no basta con un “bueno, no es para tanto, no te agobies”.

Dependiendo del caso, puede tratarse de una ansiedad patológica o no. Es decir, es totalmente normal que nos pongamos nerviosos ante una entrevista importante o que nos inquietemos cuando nos encontramos ante una situación completamente nueva y que puede resultar peligrosa. Sin embargo, ese posible riesgo del que nos alerta nuestro cerebro deja de ser útil cuando es la décima vez que conocemos a una persona nueva en un contexto social y sentimos una ansiedad irrefrenable, o cuando sentimos que el corazón se nos va a salir del pecho porque pensamos que no podemos salir de un bar abarrotado. Incluso si desconocemos el motivo de nuestros síntomas, puede ser señal de aviso, de que algo está ocurriendo en nuestro cuerpo que nuestra mente no percibe.

¿Qué me pasa y qué puedo hacer al respecto

Si percibimos síntomas que nos impiden vivir nuestro día a día con normalidad o la ansiedad ha comenzado a perturbar  nuestras relaciones en cualquier ámbito, es hora de acudir a un profesional. Este nos podrá asesorar sobre qué es lo mejor en nuestro caso particular, cómo podemos paliar esos síntomas y por qué nos sentimos así.