Cuidar al cuidador

Durante la última década, las palabras “demencia” o “Alzheimer” se han convertido en conocidas por todos, bien por tener un familiar con dicha enfermedad o bien por los medios de comunicación o las diferentes campañas que han dado a conocer esta problemática. El Alzheimer es, de hecho, la forma más común de demencia, siendo el responsable de entre un 60% y 80% de los casos de demencia, de acuerdo con la Alzheimer’s Association (2018). Aunque es una enfermedad que afecta sobre todo a personas mayores de 65 años, también puede darse en personas más jóvenes, en cuyo caso se le denomina Alzheimer de inicio precoz.

Asimismo, se trata de una enfermedad progresiva, empeorando a medida que pasan los años. La velocidad de este empeoramiento es variable. Así, el primer síntoma más común es la pérdida de memoria. Más concretamente, el enfermo comienza a tener dificultades para recordar información recién aprendida. Aunque es común que el envejecimiento vaya acompañado de algún problema ocasional para recordar cosas o un pensamiento más enlentecido, la pérdida de memoria en esta enfermedad es grave. Además, hay que tener en cuenta que cuando el cerebro nota que hay “algo que se está perdiendo”, trata de completar esa información. Así, la persona enferma suele hacer cosas como tratar de que alguien acabe una frase o terminarla con lo que es común (por ejemplo, si no se acuerda de lo que ha comido, puede deducir que ha comido lo que suela ese día o algún alimento común en su dieta).

Como se ha comentado, al principio la pérdida de memoria es leve, pero cuando el Alzheimer se encuentra en su etapa final, el enfermo llega a perder la capacidad de mantener una conversación y responder al entorno.

Cuidar al cuidador

En cuanto a la esperanza de vida, de acuerdo a la Alzheimer’s Association (2018), la media de vida desde que los síntomas se vuelven evidentes es de ocho años, si bien puede reducirse a cuatro o llegar a los veinte años, dependiendo de la edad del enfermo y otras afecciones que pueda tener.

Por lo tanto, se puede decir que esta es una enfermedad dura. No solo es complicada para el enfermo, que ve disminuidas sus capacidades e independencia, sino también para su entorno. De hecho, al ser lo primero que falla la memoria, la autosuficiencia del individuo enfermo se ve mermada desde el principio. Así, el familiar con más disponibilidad suele tener que hacerse cargo de cuidar a la persona, cada vez con más dificultad, a medida que la enfermedad avanza. Al requerir el enfermo atención continua, el cuidador, que normalmente suele ser la hija o mujer de la persona enferma, se ve obligada a poner su vida “en paréntesis”.

En muchas ocasiones los cuidadores acaban quemados, ya que deben encargarse totalmente de una persona enferma sin tener la preparación ni el tiempo suficientes para ello. Así, la persona cuidadora realiza un sobreesfuerzo durante una cantidad de tiempo que puede elevarse muchísimo, ya que la esperanza de vida en el Alzheimer, si bien variable, puede ser larga.

Por este motivo es de vital importancia cuidar al cuidador y que el propio cuidador cuide de sí mismo. La atención que podamos dedicar a una persona será de mayor calidad cuanto mejor nos encontremos nosotros mismos. Además, es importante barajar diferentes opciones. Aunque queramos cuidar nosotros mismos de nuestro familiar enfermo, tenemos que tener en cuenta el tiempo que tendremos disponible, las habilidades con las que contamos y, en definitiva, si vamos a ser capaces de ofrecer la mejor atención posible a la persona. Dentro de otras opciones podemos incluir la de una residencia especializada o la de que varias personas de la familia puedan encargarse de cuidar al enfermo.

En conclusión, el Alzheimer, como otras demencias, es una enfermedad ardua y que puede durar años, por lo que es importante cuidarnos a nosotros mismos antes de poder cuidar de otras personas, para así poder pasar con ellas tiempo de calidad.